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| Un cuadro en llamas (parte 2) | |
A la mañana siguiente desperté empapado en sudor y con algo de fiebre, seguramente por el frío de la noche. Estuve unos minutos acostado mirando… nada en concreto. En mi cabeza aun resonaban palabras de la historia que me contó mi bisabuelo y más aún después de no contarme que pasó con aquella hermosa mujer. ¿Quién sería aquella dama que podía prender fuego con tanta facilidad a un montón de paja?
Decidí levantarme de mi cama y bajar a desayunar, pero antes me quede mirando la ventana. Me pregunté si aun estaba nevando así que me acerqué a mirar, y al asomarme por la ventana me encontré una grata sorpresa. Las calles estaban como siempre. Como si la tormenta de ayer nunca hubiese existido.
Bajé corriendo las escaleras y fui directo a la puerta principal, no me podía creer que todas las calles estuviesen secas y sin nada de nieve. Abrí la puerta y salí a la calle. Mi vista no me engañaba, todo había vuelto a la normalidad. Quede dudando un buen rato, ¿todo había sido un sueño? Y si lo era… la historia de mi bisabuelo ¿también formaba parte de tal sueño? No pude esperar más y fui directo a la cocina a buscar a alguien. Pero no había nadie.
Mi madre habría salido a comprar el desayuno, mis hermanos aun estarían durmiendo, mi abuelo estaría en casa del Señor Wong Fey, un gran escritor de libros y novelas al que mi abuelo acompañaba varias veces de cacería. Mi bisabuelo estaría todavía en la cama o habría salido ha hacer su paseo matinal, así que no tuve más remedio que esperar.
Al poco rato oí como alguien habría la puerta… ¡Mamá! Era mi madre que venía de comprar la comida del día. Fui corriendo hacia ella y le di un beso en al mejilla. Acto seguido le pregunte lo que quería saber. Mi madre me miro un tanto extrañada pero contestó: “Si… ayer pegó una buena nevada, hacía muchísimo tiempo que no nevaba tanto. El lechero me ha comentado que desde que era joven que no nevaba tanto.” El lechero era un hombre de bastante edad que hacia tiempo que se dedicaba a ordeñar las vacas que poseía para ganar algo de dinero.
Sin apenas dejarla acabar, le pregunte a mi madre por el bisabuelo y me dijo que se levantó bastante temprano para dar un paseo, pero que no sabia cuando volvería. Cabizbajo tomé el camino al salón pero una última pregunta me vino a la cabeza. Me dirigí hacia la cocina de nuevo en busca de mi madre y cuando la ví estaba ya preparando el desayuno. Me puse a su lado y le dije con un tono de extrañado o más bien incrédulo: “Mamá, ¿Qué ha pasado con toda la nieve que cayó ayer?” Mi madre no dijo nada hasta unos segundos: “No lo se Tuju, se habrá descongelado”. Confiado en que mi madre no lo sabía me dispuse a ir de nuevo al salón, pero antes de llegar a la otra sala, me di cuenta de que mi madre estaba un tanto nerviosa. Se le cayó el cuchillo al suelo varias veces y no atendía a lo que hacía. La duda rondaba de nuevo mi cabeza, pero esta vez no dije nada.
Al medio día llegó mi bisabuelo a casa acompañado de mi abuelo. Estaba ansioso por que terminara de contarme la historia que empezó ayer. Me fui hacia él rápidamente, pero había algo que no cuadraba. Normalmente mi bisabuelo después de sus paseos viene muy contento, pero ese día, venía con cara de preocupación y comentando cosas con mi abuelo. Esperé a que terminara de hablar con mi abuelo y le pedí con mucho ímpetu que me siguiese contando la historia. “Ahora mismo no es un buen momento Tuju”. Mi bisabuelo seguía con un aspecto muy serio, tan serio que me llegó a dar miedo.
Todo aquello me dio que pensar. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué nadie me cuenta nada? ¿A que se debe tanto secreto? Ansioso por encontrar respuesta, busque a mi abuelo, pero este tampoco quiso decirme nada. Parecían todos muy nerviosos, preocupados o inquietos, no sabría como definirlo.
Por la tarde, el ambiente estaba un poco más tranquilo, así que de nuevo busque a mi anciano bisabuelo, ya no para que me contara la historia, sino para que me dijese algo. Llevaban todo el día muy callados, solo había conseguido sacar unas palabras a mi madre y a mi bisabuelo. Palabras que no inspiraban mucha confianza y bastante miedo.
Llegué y me senté junto al anciano. Éste estaba fumando su pipa y mirando por la ventana. No dije nada al principio, la verdad, no me atreví. Al final pudo más la intriga que el miedo y le pregunté. “¿Qué es lo que esta pasando? Nadie me habla y parecéis todos muy preocupados”. Mi bisabuelo se me quedó mirando y me dijo: “Ven”.
Nos levantamos de la silla y fuimos directamente al desván. Allí rebusco entre algunos objetos hasta que encontró algo. Era un pequeño cuadro. En él había dibujado una pequeña aldea, pero había algo que no encajaba. El pueblecito estaba como rojo, como si estuviese quemándose. Las casas parecía que estaban derrumbándose y desde el interior aquel color rojo anaranjado. Definitivamente era fuego.
Le pregunté a mi abuelo cual era el significado de aquel cuadro. Se quedó mirándome fijamente y me lanzó una pregunta: “¿No te recuerda a nada este cuadro? Míralo bien”. Lo cogí con mis pequeñas manos y lo observé más detalladamente. Era imposible, ese retrato tenía una apariencia increíble a la ciudad en la que vivía. Era casi idéntica. La iglesia, la escuela, la plaza central… Era casi igual.
Me quede mirando la plaza central. Había algo en el medio de ella, como una persona. Aquella persona parecía que lanzaba fuego por todos los lados, como si fuese la causante de todo aquello. No sabría decir cual fue la expresión de mi cara cuando mire a mi bisabuelo.
Éste cogió el cuadro y lo guardó en el desván de nuevo. Tenia la palabra en la boca cuando de repente me dijo: “Vamos, tu madre nos llama para la cena, no la hagas esperar.”
Mi reacción fue extraña. Yo quería hablar con él, pero al mismo tiempo él también sabia que quería hacerlo. No hice más que girarme e ir al comedor, allí nos esperaban para la cena.
Todos seguían preocupados. Se mantuvieron callados durante la cena, excepto mis pequeños hermanos que no paraban de jugar entre ellos. Yo miraba a mi bisabuelo y recordaba el viejo cuadro que me enseñó.
De nuevo la duda en mi mente, empezaba a odiar esa sensación. Pero sabía que en algún momento la iba ha hacer callar.
© Tujuru
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